6 DE JUNIO

 -Viejo, ¿no que no ibas a votar?- le gritó su esposa desde la sala.

-Es que… me voy a encontrar con unos amigos…además no quiero pagar la multa-le mintió.
Pepe (así lo llamaban todos) sintió que algo le preocupaba.
Activo participante en las redes, opositor a tiempo completo, leía y contestaba todas las opiniones con acidez, ironía y hasta con prepotencia, sabiéndose, sintiéndose muy enterado.
Defendía y aconsejaba no votar -¿¡acaso todos los presidentes no son unos corruptos!?- era su arenga más contundente-¡Uno tiene que tener dignidad compadre!-repetía refunfuñando.
No pocos amigos había perdido en sus pírricas discusiones, sin remordimientos.
Ubicado en la fila, se percató que hacía mucho no veía tanta gente efervescente, diría optimista, todos parecían estar de a acuerdo, o por lo menos; a decir por las sonrisas; coincidir.
Pepe, tan duro siempre, percibió un temblor interno, algo así como una emoción patriótica, la identificó porque exactamente eso sintió cuando le ganamos a Bulgaria hace 51 años un día como hoy o cuando lloró de alegría y tristeza a la vez, mientras despedía a su hija rumbo al extranjero, el mismo día del gol de Paolo a Colombia que nos llevó a Rusia.
-¡Esta pandemia, me ha vuelto sentimentalón carajo!- pensó mientras alguien le pasaba la voz.
-¡Pepito mi hermano, gracias por venir a votar!- le gritó desde la otra fila, Perico su amigo de barrio.
Acomodó con esfuerzo sus lentes y recién pudo ver al resto, todos rostros conocidos, hasta en algún momento creyó distinguir entre ellos a los que ya se fueron para siempre.
-Sr..su DNI por favor- le repitió por tercera vez el presidente de mesa, era José Luis, su hijo menor -gracias por venir papá!- lo saludó emocionado mientras le señalaba el camino.
El trayecto de la mesa a la cámara, le pareció demasiado largo, cogió la cédula con ambas manos, el lapicero que tuvo que recoger dos veces de la mesa y avanzó con torpeza.
-Carajo, ahora sé lo que siente el que va a patear un penal…. Cuevita te perdono- y sonrió.
Limpió con paciencia los espejuelos empañados, observó las manchas marrones en sus arrugadas manos, dio un gran suspiro y ya no tuvo dudas.
Salió sonriente a paso firme, depositó sin temblar su voto en la urna, firmó de un solo trazo y ante la sorpresa de todos, abrazó fuertemente a su hijo y le dijo al oído:
-Tal vez, ésta sea mi última elección, ¡pero no será la última para ti!
Salió feliz, reconciliado, más peruano.

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