CUANDO ESCRIBO
Cuando escribo me siento más viejo que lo que me ven mis amigos y algunas veces más joven de lo que veo en el espejo.
Mi edad depende de lo que escribo.
Si hablo de mi madre no puedo evitar ser un niño.
Asumo mi cautiverio con estoicismo, al punto que me veo observando desde el balcón a mi triste país y el paso; igualmente triste; de los cortejos fúnebres de mis amigos.
En el mío, intentaré también estar en el balcón.
Cuando escribo me cuido de no invadir la privacidad del pensamiento, no discuto el derecho a decidir u opinar de los demás.
Todos tienen derecho a su propia verdad.
No a la mía.
Cuando escribo, soy un peruano en el extranjero, que se inhibe de decidir o criticar la forma de vida de los que sí la sufren.
Ser peruano es estar.
Cuando escribo, soy infatigable andariego intercambiando saludos sin tiempo de conversar.
No salgo, no por miedo al contagio, sino por evitar la mascarilla, que es un encierro peor.
Cuando escribo, resisto.
No existen presidenciables de ínfima aprobación.
También olvido, llegando a creer que nada es verdad.
Sueño despierto que despierto y la pesadilla solo fue eso, una pesadilla.
Cuando escribo, paseo con mis amigos, especialmente con los que ya no están.
Puedo abrazar a los que quiero, puedo despedirme, puedo acompañar.
Puedo almorzar con mamá, puedo decirle que la amo.
Como hoy.

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