HORACIO EDUARDO PORTELLA ROMERO
Para nosotros Horacio nomás, “Choza” en el CJM y en el barrio su chapa era “Situación”.
Las chapas de barrio, de la calle, de la pelota, quedan por siempre, son espontáneas y generalmente uno mismo ayuda con alguna actitud, palabra u ocurrencia, particularmente graciosa o inolvidable en general.
Un comportamiento habitual, como en el caso de Horacio.
En el barrio teníamos la costumbre de buscarnos en nuestras casas con un potente y característico silbido o en la esquina de “Don Carlos”, llamada así a la esquina de Yungay con Av. Lima donde Carlos Miyashiro junto a su esposa Isabel atendían su bodega donde nos permitían reunirnos.
En cualquiera de las formas que nos encontremos o busquemos, sus primeras palabras, invariablemente eran:
¿¡Cuál es la situación!?
Así que, el mismo se puso la chapa.
Nunca una palabra altisonante, vulgar u ofensiva, siempre de buen talante, su sonrisa, sus grandes ojos (muy comentados por las chicas de nuestra época) su expresiva forma de hablar poco pero preciso, su solidaridad y disposición automática con quien lo necesite, su elocuente apoyo moral en silencio tan proverbial, su inocencia de sentimientos, su incomprensible afán de hablar siempre con la verdad, su largo silencio que antecedía a un consejo, su invencible tolerancia para las bromas, su abrazo tierno con la ”victima” de despiadadas burlas y “chapas”, sus peculiares y graciosos pasos de baile, el “amigo elegido” peatón en nuestras primeras borracheras, eso era Horacio.
Pero, era más.
El compañero leal incapaz de abandonarte, el insobornable cuidador de tus secretos, el afectuoso y devoto amigo investido de humildad, sencillez y dignidad.
El Quijote disfrazado de Sancho.
El D’Artaghan de Alejandro Dumas, haciéndonos creer a Silvio y a mí, que era Aramis o Porthos.
El Ulises con alma de Peter Pan.
El capitán Ahab de Moby Dick.
El Principito atrapado en su propio universo.
Eso y más eras para mí hermano.
Hablamos tanto y ahora se me hace tan poco, que rápido se nos fue la vida hermano, dónde quedó nuestra niñez, dónde nuestro primeros bailes, dónde nuestras incursiones de vendedores de cuanta chuchería cayera en nuestras manos, dónde nuestras interminables conversaciones, dónde estuvimos estos últimos años hermano, por qué te escondiste, cuándo nos hicimos ricos de felicidad con nuestros hijos y nietos, acaso no pensábamos aun solteros que nuestros hijos jugarían juntos, ahora cuál es la situación hermano, la mía por supuesto.
Me dicen que no debemos llorar tu partida hermano, yo no lloro porque te fuiste hermano.
Lo hago porque todo lo que escribo ya no lo vas a leer, lo hago porque fui tan feliz que hayas sido el hermano que la vida me regaló y no alcancé a decírtelo, porque de tanto querer, tu corazón no pudo más, porque quiero decirte más cosas y no me escuchas hermano, porque fuiste el niño, hijo, amigo, hermano, esposo, cuñado, padre y abuelo amado, porque ya no sabré donde llamarte, porque harás falta a tanta gente hermano.
Porque no quiero decirte adiós hermano.




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