ME LO CONTÓ UN PAJARITO
Se ha hecho costumbre (a mí y a ellos) que muy temprano coloque platos con alpiste.
Ellos reclaman si me demoro, me lo hacen saber con sus cánticos silbidos y gorjeos.
Especialmente la Cuculí, una en particular que desde el jardín se acerca a mi ventana de dormitorio para silbar con armonía pero también con autoridad, por eso la llaman también Tórtola melódica.
Lo que vi fue fantástico, lo que me enseñaron fue mejor.
Una vez colocados los platos estratégicamente, bajó Gisella (la Cuculí) me observa con sus enormes ojos, camina despacio primero, muy segura después, picotea el plato y me mira, lo repite varias veces, de pronto y sin ninguna razón aparente, levanta vuelo hacia el árbol.
Luego baja en compañía de quien yo sospecho es su pareja (Roberto), repite su vuelo y trae otro invitado muy pequeño.
Ellos se despachan sin miramientos, mientras ella observa nerviosa. Alzan vuelo al mismo tiempo y desaparecen.
Otro plato, llama la atención de dos pájaros negros (Tuco y Tico), muy parecidos a los cuervos pero en tamaño pequeño, pican rápidamente y se retiran tan rápido como vinieron.
Ahora es el turno de otros más pequeños muy coloridos, uno de cabeza roja y otro de plumaje azul (Rojo y Cielo) ambos revolotean primero, se convencen que no hay peligro y comen rápidamente.
Aparece entonces, la maternal Gisella (ya la reconozco) y para mi sorpresa, espanta a los pequeños Rojo y Cielo, con autoridad y diría hasta con cólera.
Me pregunto perplejo ¿pero qué pasó con la amorosa cuculí que comparte su comida, que tan tierna protege a su hijo y pareja? Molesto con su actitud, la espanté de castigo.
Me senté muy cerca al plato, ella me miraba desde lo alto sin atreverse a bajar, otros pajaritos sí lo hicieron muy confiados, sin tomarme en cuenta siquiera.
Entonces, me di cuenta de la lección: Gisella actúa así, no por maldad, sino por defender lo que siente es suyo y así protege a su familia.
Fui yo quien sin conocerla, ni saber de su vida y costumbres, la califiqué como mala y prepotente y supongo que ella estaba igualmente de desconcertada con mi comportamiento.
En los días sucesivos, ella ya no silba en mi ventana, solo me observa desde lo alto, sin renunciar a picotear los platos, esta vez más nerviosa, más esquiva y sin invitados.
Los otros comensales, cada vez más cancheros, dándose el lujo hasta de traer invitados, se adueñan de uno de los platos.
Me miran cómplices.
Recordé que así nos comportamos nosotros también, con personas que ni siquiera conocemos y las declaramos enemigos, no sabemos de su vida, costumbres, necesidades, sueños o intenciones.
Me sentí como un político que ofrece comida y algo de seguridad a cambio de fidelidad, empoderando a Tuco y Tico, a Rojo y Cielo, enseñándoles a odiar a Gisella sin conocerla.
Mañana le pediré perdón o pondré otro plato para su familia.





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