MI PRIMERA VEZ
Para quienes estudiamos en la gloriosa ESCUELA FISCAL PRIMARIA 462 en esquina de Independencia y Grau, Magdalena, recordamos (todavía quedan algunos, entre ellos nuestro querido y siempre admirado historiador de memoria fotográfica TITO ESUSEBIO GARCIA YAÑES “CHEVO”) nuestras actuaciones en el patio del colegio para cada festividad del calendario cívico, cuando éramos apenas unos niños.
Especialmente quienes tuvimos la suerte de pasar por el salón (y las manos) de la Srta ANA SAAVEDRA, a quien cariñosamente (no mucho) apodamos “LA CAVERNARIA”.
Ella era menuda, bastante delgada, pelo ondulado y corto, lentes muy grandes y gruesos que no podían disimular su ajado rostro, usaba siempre zapatos negros (tal vez el mismo par) de altos tacones que le dificultaban caminar y que acentuaban sus arqueadas piernas.
De un carácter, insobornablemente serio, que lo acentuaba con su chillona voz, su mirada penetrante y el bastón blanco de brigadier, que blandía al menor asomo de distracción.
Nuestro salón, era el primero en todo, obligados por la disciplina férrea y la obsesión de nuestra maestra que perder en cualquier competencia, era un deshonor que pagábamos muy caro y a ella la sumía en profunda depresión.
Así llegó aquella imborrable actuación para el día de la madre, donde debíamos representar un baile mejicano (jarabe tapatío) un grupo de ocho alumnos, escrupulosamente escogidos y entrenados diariamente casi con un mes de anticipación, donde hasta el menor detalle estaba bajo control.
Ese día, se había instalado un tabladillo compuesto por cuatro bases de madera sostenidas por ocho caballetes rodeado por un mantel de papel cometa color rosado con borlas para disimularlos.
Como era costumbre las primeras palabras correspondían a nuestro querido director Marroquin, nosotros éramos el último número a sabiendas que “debería” obligatoriamente ser el mejor.
Vestidos impecablemente de charros (sombrero enorme y traje azul con adornos dorados) esperábamos ansiosos los ocho, mientras en el estrado César Vallejo, descendiente directo de nuestro mayor poeta, recitaba con impecable dicción y magistral actuación “Los Heraldos negros”
El auditorio compuesto por todas las madres del colegio, aplaudieron de pie al precoz declamador.
“No se preocupen nosotros lo haremos mejor, más les vale” intentó sin éxito motivarnos la profe.
Instalados en el escenario, tal como lo habíamos ensayado, esperábamos la orden para iniciar el baile.
En segunda fila, mi madre informaba a todas muy emocionada “el más chiquito es mi hijo, el negrito"
Sonó la música, empezamos muy coquetos y risueños a trasladarnos por todo el estrado entre enérgicos zapateos, desplazándonos e intercambiando de lugares al compás de tan pegajoso y popular ritmo, acompañados por los encendidos aplausos de un auditorio entregado y orgulloso.
A mitad de la canción cuando debíamos cruzar e intercambiar posiciones, dándole vistosidad a la coreografía, ocurrió lo imprevisto, algo que nadie había previsto (¡ni siquiera nuestra acuciosa maestra!)
Al centro del estrado, donde se unían las cuatro bases de madera, donde no tenían el apoyo de los caballetes, se inclinaban cada vez que alguno de nosotros cruzaba alegremente bailando y zapateando cada vez más fuerte, animados por los calurosos aplausos de nuestras madres e íbamos viendo espantados que uno a uno iba despareciendo parte del elenco, hasta perderse al fondo del estrado y luego las bases volvían a su lugar.
En un primer momento, asustados como estábamos, intentamos detenernos hasta mirar a nuestra profesora que; agitando su bastón blanco de brigadier; gritaba ordenándonos que siguiéramos.
Terminamos solo dos de los ocho, recibiendo un atronador aplauso de nuestras madres, convencidas que todo ese estropicio, era parte del show.
Fue mi primera actuación y la que recuerdo con más cariño.
¡FELIZ DÍA DE LA MADRE

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